domingo, 7 de marzo de 2010

-VAMOS DE BODEGAS- POR ENRIQUE PRIETO HERAS



Hoy Domingo, como siempre en Blogochentaburgos, tocaba analizar un bar de los significados en los 80-90. Sin embargo ha sido uno de los principales colaboradores de esta casa (1, 2,) el que ha enviado un texto en el que rememora una de las costumbres más habituales de los 80 en Burgos. Os dejo con él en esta fantástica retrospectiva que huele a cacahuetes, serrín, porrones y aceitunas con cebolletas y vinagre.


VAMOS DE BODEGAS -Por Enrique Prieto Heras-

Hoy cuando decimos “vamos de bodegas” significa que alguien de nuestros amigos, a golpe de clic de ratón, ha concertado una visita a una de las excelentes bodegas de la Ribera del Duero o de Rioja. Tras colocar a los niños en casa de algún familiar te dispones a pasar una inolvidable jornada practicando eso que está tan de moda que se llama turismo enológico: visita guiada a la bodega, cata, comida…

Pero ir de bodegas en la década de los 80 significaba, ¿cómo lo diría yo?, mmm… pues eso, ir de bodegas. Una alternativa económica que nos juntaba alrededor de un porrón de clarete (mucho más higiénico que el cachi) y un plato de cacahuetes, también conocidos como “jamón del mono” o manises.

En Burgos existían auténticos templos de este “turismo enológico”. Recuerdo especialmente la Bodega "El Rubio" en el barrio de Gamonal. Su alto mostrador de ladrillo caravista rojo, sus grandes toneles desde los que se suministraba vino a granel, el suelo lleno de cáscaras de cacahuetes, las banderillas picantes, las gambas a la plancha de los domingos…

Jóvenes compartiendo el porrón y hablando de los profes del insti, del partido del Burgos o del último estreno en el cine Tívoli, ante la mirada atónita de los más viejos del lugar que contemplaban como las chicas también bebían del porrón. Y es que estábamos en los 80 y todavía este país no estaba preparado para admitir ciertas cosas.

En ocasiones hacíamos locuras como poner a prueba nuestro estómago degustando guindillas picantes a palo seco o sardinas arenques. Vamos, lo que ahora se llama el maridaje perfecto.
El hilo musical de esas bodegas consistía en que de vez en cuando uno de los clientes mayores se arrancaba a cantar alguna copla y el resto de los presentes interrumpíamos nuestra tertulia y escuchábamos con el más absoluto respeto.


Hay que destacar que en aquella época la SGAE no estaba en un plan tan inquisidor como el que tenemos que soportar en la actualidad y tenías libertad para cantar en la ducha, en el colegio o en el autobús. Y es que en cada barrio de Burgos existía un buen puñado de bodegas que supongo que estarán en la memoria colectiva de todos nosotros y que forman parte de esas pequeñas historias que al recordarlas nos arrancan una sonrisa y nos hacen entender la cruda realidad: que mayores somos (al menos algunos)




7 comentarios:

Noventera dijo...

Un post muy divertido! Felicidades Enrique, por recordarnos que hubo un tiempo donde cantar salía gratis (aunque fuera aquello de "Litros de alcohol...").

Marcos City dijo...

Ups, qué recuerdos de sardinillas, de agujas, de chicharrillos y olor a faria y tabaco negro. Muy bueno

Anónimo dijo...

Qué recuerdos!!! Yo, que siempre he sido cuatro años menor que mi hermano, a veces iba con él al Rubio a por vino para la comida de casa. Cuando iba yo sólo, con la botella de cristal “retornable”, me dirigía hasta el fondo y por debajo de la portezuela de acceso me metía prácticamente dentro de la barra (el mostrador era muy alto para un pequeñajo de nueve o diez años). Casi sin hablar, el Rubio o sus hijos me cogían la botella, abrían aquellos grifos metálicos y la llenaban, luego me la devolvían con una sonrisa y a veces con unos cacahuetes. Yo salía corriendo y subía de nuevo a mi casa. Pues sí, Enrique: qué recuerdos!!!

Anónimo dijo...

La Sáiz... qué litros, que institución

David dijo...

Durante unos años yo también iba con la botella retornable a por vino, en este caso a Los Juncos.
Una vez rompí la botella por subir las escaleras de dos en dos.

Pedro Ojeda Escudero. dijo...

Qué maravilla aquellos lugares: cutres, pero nuestros.

balint dijo...

A mi lo que me quedó impactado un día fue ver una boda en la Bodega Saiz de Diego Laínez (se supone que sería la post-boda después del baile, pero me impresionó ver a una chica vestida de novia allí, mientras pedíamos unas botellas de calimocho)