Hoy los más modernos gimnasios y spa´s, se multiplican por doquier en las mismas aceras que a nosotros nos servían para dar culto a nuestro cuerpo con cualquier pelota y una simple tiza.
Pero cuando queríamos hacer algo "serio", "algo sofisticado", los chavales ochenteros nos íbamos a Fuentes Blancas "a hacer el circuito". Las diferentes etapas comenzaban junto a la tapia de La Cartuja subiendo por la Fuente de "La Teja". Nuestros chandal azules con rayas, y nuestras zapatillas Tao y Paredes, se afanaban en las etapas siguiendo las instrucciones del muñeco que, en cada cartel, nos enseñaba como realizar el ejercicio. En muchas de ellas, y utilizando maderas de los mismos pinos que nos rodeaban, hacíamos pesas con los instrumentos, dolorosas abdominales, o saltos sobre troncos romos. Luego un frugal trago de agua (las bebidas isotónicas son un invento posterior) y tan contentos a casa con nuestra sudada y nuestra apolínea figura.
Hoy de aquello no quedan más que los restos oxidados de lo que un día fue una instalación natural muy utilizada por todos y; en tiempos de zapatillas diseñadas en centros de estudios aerodinámicos, de materiales cada vez más ligeros y veloces... el muñeco de nuestra juventud, detrás de su triste herrumbre, guarda el encanto de las cosas naturales, de un pasado esplendoroso superado por los tiempos, por las modas y el olvido.

